Existe
una Agencia Tributaria en los Estados Unidos de Norteamérica. Esa Agencia está
subdividida en cuantas partes hace posible el monstruo enorme de la burocracia
estatal, el organismo que representa el nivel mayor de aburrimiento y de
complejidad absurda e inútil. Una de esas divisiones son los Centros Regionales
de Examen, entre los cuales hay uno en particular, en Peoria, Illinois, en
donde empiezan a registrarse una enorme cantidad de empleados con extraños
superpoderes, algo así como unos X-Men pero sin sus trajes de cuero y cuyas
mutaciones se mezclan entre lo inútil y burocrático y el sinsentido irónico
narrados por un David Foster Wallace al borde la muerte, al borde de un árbol.
David
Foster Wallace, voz-influencia-escritor estrella-generacional, está escribiendo
sobre el aburrimiento y está cerca de los 50 años (tiene 46) y lleva 10 años
escribiéndolo e investigando sobre ello (hasta llega a tomar un curso sobre
contabilidad), cuenta con casi 2.000 páginas ya escritas en cuyos márgenes y
pies hay un millón de notas y detrás de sí está su esposa, su editor, su agente
literaria, la editorial para la que publica, el mundo entero que lo espera
ansioso pero, sobre todo, los restos del único de los males que lo acompañó
siempre: una terrible e incurable depresión.
Los
médicos dicen que está estable, que después de su adicción a las drogas y al
alcohol y a las malas compañías y a la soledad sólo lo espera un camino más
tranquilo, no saben si de felicidad (nadie tan inteligente puede ser totalmente
feliz) pero por lo menos de paz. Es el año 2008 y hace 6 años que conoció a la
mujer con la que está casado: Karen Green, quien en 2002 se acercó a él
ofreciéndole pintar paneles sobre su obra y él no sólo que aceptó los paneles,
sino que también a ella y a su hijo. Llevan una vida tranquila: ella pinta, él
da clases de escritura creativa (actividad que le da de comer) y escribe lo que
él mismo llama “the big thing”, y su editor se muestra preocupado: llama a
David para que asista a las reuniones y presentaciones y charlas que tiene
pautadas pero recibe como única respuesta que ahora no, “sabes que si me lo pides iré, pero por favor no lo hagas, estoy
trabajando en algo grande y sabes que si me distraigo me cuesta volver al
trabajo”. Esa gran cosa es El Rey Pálido.
En una
carta escrita a Jonathan Franzen (su amigo-enemigo-competencia literaria- y
segundo puesto eterno en la lista de escritores miembros de la Generación x –el
primero será, vivo o muerto, David Foster Wallace-) puede leerse lo siguiente: “Me siento, digamos, peculiar, que es la
palabra adecuada para escribirlo. (…) Escribo a regañadientes, sumido en
sentimientos ambivalentes acerca de lo que hago, hundido en el dolor. Estoy
cansado de mi mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la
sintaxis, de hábitos verbales. Mi trabajo atraviesa por una fase de gran
oscuridad, lo demás es luminoso y gratificante. De modo que puede decir que
estoy relativamente feliz”.
En el
“relativamente” es donde finalmente se cuela la verdad: el 12 de Septiembre de
2008 Karen Green vuelve a su casa y encuentra a su marido muerto. DFW se quitó
la vida.
“Lo bueno de todo esto: he
perdido cerca de 10 kilos. Lo malo: ni siquiera he pensado acerca de escribir
desde Septiembre. Y creo que no van a pasar hasta al menos 90 días antes de que
me pueda poner a trabajar, aunque mi psiquiatra diga que estoy en una etapa
bastante sana”,
le había escrito a su agente literaria Bonnie Nadell, cuando ella quiso saber
cómo andaba su trabajo.
Días
después de su muerte, Karen y Bonnie entraron a su escritorio y se encontraron
con todos los papeles que formaban El Rey Pálido, la novela incompleta y
póstuma de David Foster Wallace. Telefonean a Michel Priest -el editor de
David- quien pone orden y termina seleccionando, de entre la miles de páginas,
las 551 que hoy forman la novela, incluyendo las notas de David que mencionan
hacia donde van o de dónde vienen los personajes, incluyendo un prólogo del
propio editor: “En ningún sitio de
aquellas páginas había ningún esquema ni indicación del orden en que David tenía
pensado poner aquellos capítulos. Había unas cantas notas generales sobre la
trayectoria de la novela, y a menudo los borradores de los capítulos iban
precedidos o seguidos de instrucciones que escribía David para sí mismo y que
indicaban de dónde venia un personaje o hacia dónde podía dirigirse. Pero no
había una lista de escenas, no había un arranque ni un final decididos, ni
tampoco nada que se pudiera considerar un conjunto de instrucciones ni guías
para El Rey Pálido. Al leer y releer aquellos montones de material, me quedo
claro pese a todo que David se había adentrado mucho en la novela, creando un
lugar nítidamente complejo y un conjunto de personajes que batallaban contra
los demonios descomunales y aterradores de la vida ordinaria”.
Entre
aquellos personajes extraños y complejísimos se encuentran los X-Men de la
burocracia estatal: un hombre que recibe millones de datos extraños y la
mayoría inútiles en su cerebro todo el tiempo; un adolescente que es algo así
como un aspersor constante de transpiración obligado por ello mismo a saber con
exactitud cuántos metros lo separan de la salida más cercana de una habitación,
cuántas personas pueden verlo transpirar cada vez que le da uno de sus ataques
desde los diversos ángulos que lo rodean; el mismo David Foster Wallace, que
aparece en la novela como narrador, como personaje y además -como si no fuera
suficiente- existe un tercer David Wallace que no es él sino que es alguien que
lleva su mismo nombre con el que los jefes del Centro Regional de Examen lo
confunden; un par de fantasmas y, sí, la prueba irrefutable de la repetición
que implica el trabajo de un pasa-página (quien controla una a una todas las
declaraciones de impuestos de los ciudadanos en busca de fallas que indiquen
una estafa al estado y por lo tanto sean dignas de una auditoria que representen
una ganancia mayor que los costos que implican): la historia de un empleado que
estuvo días enteros muerto, en su sillón, sin que nadie se diera cuenta de ello.
Esos
son algunos de los personajes que “batallan contra los demonios descomunales y
aterradores de la vida cotidiana”, lo que David no pudo hacer, aunque más que
contra la vida, él no pudo luchar contra sí mismo, contra el hastío que le
provocaban sus propios sentimientos, su neurosis, lo que él llamaba: el
monólogo interior.
*Fragmento
del discurso de David Foster Wallace, a la generación 2005 del Kenyon College:
Estoy
seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar
alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo
interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de
mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las
Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo,
a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a
ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente
y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención
y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al
modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no
logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos. Me viene
a la mente aquella frase que dice que la mente es un excelente sirviente pero
un pésimo amo.
Como
todos los clichés superficialmente es soso y poco atractivo, pero en realidad
expresa una verdad terrible. No es casual que los adultos que se suicidan con
un arma de fuego lo hagan apuntando a su cabeza. Intentan liquidar al tirano. Y
la verdad es que esos suicidas ya estaban muertos bastante antes de que
apretaran el gatillo
***
*Obra: El Rey Pálido
*Autor: David Foster Wallace
*Editorial: Mondadori



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