Llueve.
Probablemente a nadie le importe excepto a él: el futuro gran escritor que vive
en su cabeza. En el exterior -en la realidad- él sólo será un guionista más de
Hollywood pero ahí, ahora, en la primer noche que llueve en Los Ángeles en 1936
y con veintisiete años, él es un gran escritor. El próximo Gran Escritor.
John
Fante está escribiendo una carta y oyendo la lluvia, seguramente está excitado:
acaba de terminar Camino a los Ángeles, una novela sobre Arturo Bandini, su
personaje de ficción, su autobiografía expuesta en lo que más tarde serán
cuatro libros. “Camino a los Ángeles está terminada y yo estoy encantado, chico”
–le escribe a Carey Williams– “Espero enviártela el viernes. Parte del
contenido pondría los pelos de punta al culo de un lobo”.
No se
sabe qué efecto causó sobre los lobos, lo que sí está claro es que no logró lo
mismo con su editor: Camino a los Ángeles fue rechazada por la editorial Knof y
se publicó recién en 1983 gracias a su entonces viuda. Fante estaba muerto y
había dejado de llover.
Pero retrocedamos.
Volvamos muchos años atrás. Estamos ahora en 1909 y es el 8 de abril y nadie
sabe si llueve o no. Lo que sí es seguro es que Nick Fante y María Antrilli
están por tener a su hijo John, al próximo gran escritor, al inspirador
–reconocido y dicho por Bukowski– del “realismo sucio”, al hombre que va a
sufrir su educación católica, el hecho de ser hijo de emigrantes italianos, y
la pobreza en la que viven. Crece. John
crece y soporta que en su escuela de
educación católica lo traten de “macarroni despreciable”, crece y no soporta a
su padre –un albañil que detesta a toda su familia y a sus vecinos y su país de
origen y su país de adopción y no se cansa de maldecir– crece y no soporta a su madre. Sabe que es
buena, que es incondicional, escribe sobre ella como Arturo Bandini –¿su
alterego? – y la ama. No así a su padre. Macarroni despreciable.
En
1932 deja la Universidad de Colorado y se traslada a los Ángeles y consigue su
primer y casi único éxito: The American Mercury publica Altar Boy, con la
condición de que sea enteramente tipeado en máquina de escribir, la misma máquina
que obsesiona a Bandini. El gran Arturo Bandini.
John
Fante despliega en Pregúntale al Polvo una estrategia esquizoide y de
proyección de todos sus males en su personaje Arturo Bandini: un escritor
frustrado que se obsesiona con su editor, con una mujer a la que se complace en
maltratar como extranjera -putilla hispana de cuerpo escultórico y seso de
mosquito, le dice- con un vecino alcohólico y adicto a la carne a toda hora del
día. John Fante es Arturo Bandini: su infancia, su adolescencia, su madures. Y
Pregúntale al Polvo es la expresión de ello. Un Bandini egocéntrico que se
habla en tercera persona y reniega de su origen y su pobreza:
“Sigue
pues andando por Bunker Hill, amenaza al cielo con el puño, sé qué piensas, Bandini.
Imágenes de tu padre ante ti, un latigazo en la espalda, fuego y lava en el
cráneo, que la culpa no es tuya: esto es lo que piensas, que naciste pobre, en
el seno de una familia de campesinos pobres, obligado por la pobreza, obligado
a huir del pueblo de Colorado en que naciste porque eras pobre, vagabundeando
por las cloacas de Los Angeles porque eres pobre, esperando escribir un libro
que te haga rico, porque los que te detestaban allá en Colorado dejarán de
detestarte si escribes un libro. Eres un cobarde, Bandini, un traidor a tu
propia alma, un embustero de pena ante ese Jesucristo tuyo que llora. Por eso
escribes, por eso sería mejor que te murieras.”
Para ganarse la vida Fante trabaja como guionista
de Hollywood y odia su trabajo, “es el trabajo más espantoso en el reino de
Dios” llega a decir. Le diagnostican diabetes. La enfermedad lo mata. Lo deja
ciego en 1977 y lo deja sin piernas. Ciego, sufriendo y probablemente también
-¿lo habrá aprendido de su padre?- odiando a su familia, le dicta a su mujer Joyce
su último libro sobre Arturo Bandini que cierra el cuarteto: Sueños de Bunker
Hill.
John Fante muere el 8 de mayo de 1983 y lo mejor
quizás sea pensar que sí, que llovía; no sin antes decirle a su hijo Dan –hijo
que también quería ser y sería escritor- que no era muy listo, que tal vez
podría ser un buen carpintero.
Eso era John Fante.
Eso que más tarde lo convertiría en un gran
escritor, el que él quería ser, aunque no estuviera vivo para verlo, hubiera o
no lluvia de fondo.
***
*Autor: John Fante
*Editorial: Anagrama



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